CÍRCULO LITERARIO ALIWEN
ESCRITORES MAULINOS

Chilenidad a la medida

CHILENIDAD A LA MEDIDA 

Jaime Gatica Jorquera
aliwen.man@gmail.com

Las instituciones son la que finalmente van haciendo la memoria de los pueblos y con ella vienen y van los más entrañables recuerdos de los habitantes de las ciudades. Cuando miramos nuestra historia y pensamos en lo jóvenes que somos como país, que aún no cumple los doscientos años, sentimos que nuestras tradiciones aunque tan jóvenes e inmaduras forman parte de nuestro ser y de nuestra cultura, a quién le puede importar que la empanada sea originaria de España o del Perú o que el vino francés sea más refinado que el vino del valle maulino: a nadie. Si vemos una empañada y un vaso de vino sabemos que ahí está el espíritu de la patria; en esa simple muestra gastronómica se vivencia todo el ser de la chilenidad. Más que en el asado, más que en el rodeo. La simple empanada y el vino o la chicha, son por esencia nuestros y chilenos.
Con el correr de los años se han ido rescatando parte de nuestras tradiciones y juegos populares, que parecían haber caído en el olvido. Son como piezas de museo a las cuales se les sacude el polvo para la exhibición y luego se guardan hasta el nuevo año. Qué importa que sea así… lo importante es que no las olvidemos. Porque tampoco somos campesinos, porque tampoco nos criamos sabiendo como es el campo. No lo hemos experimentado en carne propia y mantenemos una imagen romanticona de las labores del campesinado, de la comida, de la “ingenuidad” de campesino y de la salubridad del ejercicio campestre.
Sin embargo la gente de los sectores rurales está deseando cada día más emigrar a las ciudades en busca de nuevas oportunidades. Los caballos va siendo reemplazados por ruidosas motos y los trabajos de los peones de obraje se van sustituyendo por tecnologías más automatizadas, que permiten alivianar el trabajo del hombre, pero que disminuyen también la necesidad de éste, y los brazos van quedando inútiles y cesantes.
En esta avasalladora globalización vamos limitándonos a rescatar símbolos que nos recuerden lo que fuimos y los que somos. Nadie puede sustraerse al progreso y al avance del tiempo. No se le puede pedir a nuestros campesinos que sean los guardianes de la cultural rural, porque ellos también quieren ser parte del avance. Si por ejemplo la trilla con caballo ya no se realiza en nuestros campos, sino a nivel turístico, para un grupo de citadinos que quieren experimentar in situ y respirar los aires de la campiña, está bien. Pues para la “vida real” el campesino utiliza la trilladora y la tecnología que esté a su alcance para hacer el trabajo de una manera más eficiente económica y rápida… es el costo del progreso.
Por otra parte en los campos no es la música chilena la que más suena -según los entendidos- es la ranchera mexicana, con todo su componente melodramático de riñas, amores no correspondidos, trasnochados y remordidos amores filiales, arrepentimientos a destiempo de hijos descarriados, en fin… No es la picardía de la cueca, con su mensaje más fresco y más risueño, más festivo la que se impone. Por lo demás, su danza tan elaborada y de difícil acceso la hace aún más impopular, porque requiere un mayor esfuerzo para su ejecución y una estampa apropiada para que resulte armónica.
En definitiva, no respiramos chilenidad todos los días del año, pero si es bueno, aconsejable y razonable, vivenciar por los menos estos días de asueto con elementos que nos hagan sentir un poco más patriotas que el resto de los días del año. Un poco de música chilena, una comida típica, una empanada carnuda, un buen vaso de vino carmenere de los valles maulinos y ya tendremos el resto del año para la globalización.